Kilómetros más adelante encontró otro hombre que, sentado frente a un escritorio, parecía asir algo verde. Al acercarse la joven vio montones de papeles verdes en su escritorio, y también pilas de monedas y piedras preciosas de diferentes tamaños, colores y brillos. Y al verla dijo el hombre: '¿ves todo este dinero?, si te quedas lo compartiré todo contigo'. Pero fue entonces cuando la joven observó las manos del hombre, cristalinas, traslúcidas, diamantinas,..., afiladas. 'No gracias, señor, debo seguir camino', dijo la doncella.
No mucho más lejos encontró a otro hombre, éste bastante más activo, construyendo una casa que se levantaba junto a otras muchas recién construidas. El hombre trabajaba a ritmo frenético, un ladrillo, otro ladrillo, una pared, otra pared. 'Buen día señor', dijo la joven. 'Hola hermosa doncella, me disculpará que no la salude como es debido, pues tengo que terminar esta casa'. '¿Y para qué?, si no le importa que le pregunte'. 'Pues para poder empezar otra, así cuando vengan quienes tienen que ocuparlas estarán listas, y yo obtendré mi beneficio y podré seguir construyendo, y si lo deseas podrás acompañarme'. La joven lo observó de arriba abajo, nada en él parecía de piedra, al contrario, todo él parecía pura vida. Ella se acercó y detuvo las manos que en aquel momento asían un ladrillo en la diestra y una paleta en la siniestra, le miró a los ojos, sonrió y acercó su mano al torso desnudo del hombre. Su pecho, duro como una piedra... estaba frío como tal. 'Gracias amable señor, no se fatigue y dese un respiro para que el calor de sus manos llegue al centro de su cuerpo, y el aire a sus pulmones, seguro que habrán casas más que suficientes', y la joven siguió camino. Y el hombre siguió construyendo.
Bastantes kilómetros después, cuando los llanos dejaron paso al bosque, la joven encontró una estatua marmórea en el camino, la estatua de un hombre sentado con la barbilla apoyada en sus puños y los codos en sus rodillas. 'Hola', saludó la joven... No hubo respuesta. Ella se acercó: 'No quieres hablar conmigo'... silencio. Pero el color de la piedra cambió a rosado en el pecho y la espalda de la figura humana. La joven se acercó y palpó los fríos brazos y las frías piernas de la estátua, los codos, los puños, la cabeza, todo de piedra fría y blanca, el cuello, los hombros..., el pecho,...¿el pecho?, ¡cliente!, estaba caliente. La doncella rebuscó en su zurrón y sacó un martillo con el que empezó a golpear sobre el mármol. Poco a poco los trozos de piedra fueron cayendo, dejando al descubierto unos muslos musculados, unos brazos que despertaban, una espalda rosada que se erguía, una cabellera rubia, unos ojos vivos, uno de ellos con lágrima emergente, y una sonrisa agradecida. 'Bienvenida a mi bosque, pasa o quédate, pero por favor, no te vayas hasta haber roto y desmenuzado toda la piedra que me cubre'.
