Hace un par de días surgió la noticia de que los dueños de una discoteca habían sufrido amenazas de terroristas islámicos por poner de nombre a su negocio "
La Meca". Como sí le quieren poner Roma, señores, no me sean ridículos. Comentando la noticia con unos compañeros, contemplaba los posibles puntos de vista: (1) ni unos fanáticos tienen que llevar el tema del respeto a la fé, o las creencias de uno, hasta extremos ridículos (¡qué más da el nombre que se le ponga a un negocio cuando la satindad de los lugares y, especialmente, la del espíritu se deben llevar por y desde dentro!), ni otros debemos demonizar a toda persona que profese la religión islámica (ni ninguna religión diferente a la nuestra) por culpa de aquellos cuatro "jenízaros" o de quienes les inspiran.
El caso es que la reflexión a la que llegué fue el título que he dado a la entrada, la de reclamar un poco de
Calma. Hace tiempo vi una tira cómica de
El Perich en la que "rezaba":
En nombre de Dios, dejad de matar en nombre de Dios. Y esa frase me pareció acertadísima, me pareció de tremendo peso, como losa que arrojar sobre cualquiera que ponga como excusa a Dios para imponer sus ideas, para usar la violencia, el control o pretender los intereses particulares.
El caso es que llegué al hastío. Sí, me he cansado de este mundo, bueno, no del mundo, de los hombres, de un mundo en el que los hombres (y algunas mujeres) juegan a la ley de "
El que más pueda para él". Me he cansado de quienes te animan a ser, no competitivo, sino competidor, no ambicioso, sino taimado, no competente sino águila (de negocios), no cuidadoso con uno mismo y su vida, sino egoista. Y si no lo eres, resulta que eres tonto.
Es lo que hay, me decían el otro día. Pues no, lo que hay es lo que queremos que haya, lo que dejamos que pase.
Pero estoy pesimista, la espiral desciende, sin freno. No hay remedio, quizá debamos recibir una gran bofetada, quizá debamos pasar penurias, para que los índices de bolsa dejen de tener sentido (y arruinar familias) y que nuestra preocupación principal sea la de buscar qué comer cada día (como lo es de muchas personas en el mundo hoy en día). Vivimos en un estado de bienestar, entre algodones, que no queremos que nos toquen. Y el miedo a perderlo, o no alcanzarlo, es lo que nos hace egoístas (en el peor de los sentidos), taimados, insolidarios, incluso agresivos a veces.
No es que me libre de la quema; pero cuando uno ha pasado semanas, meses, con un vestuario compuesto por tres camisetas, dos pantalones de pijama de cirujano y dos "taparrabos" marca Nike (al menos uno lo era), creo, es más consciente de lo realmente importante en este mundo, de lo que debería llamar nuestra anteción, y, por exclusión, de lo que consideramos importante y ridícula e innecesariamente nos llama la atención. Y así, nos obcecamos en alcanzar la felicidad, definida según los cánones de quienes deciden qué debe ser la felicidad. Y cuando ésta no llega pronto quien llegaes la frustración.
Ayer, de noche y con lágrimas en los ojos, pronuncié la frase de Tagore: "si de noche lloras porque no está el sol...". Y no nos damos cuenta que hay muchas estrellas mucho más brillantes que el sol, lo único es que se encuentran más lejos.
Pero no, nos empeñamos en emular a Josué y para el sol a nuestro antojo; en emular a Ícaro, y, en el intento de alcanzar el sol, se derrite la cera de nuestras alas. Nos empeñamos en llegar, en alcanzar la meta, sin mirar sobre qué o sobre quiénes pisamos. Nos empeñamos en que todos bailen a nuestro son, y el que no lo hace lo hace al son de nuestras balas. Porque "la verdad es nuestra", y si la cuestionas eres tonto, loco o infiel. Me dijo mi madre un día: "
En este mundo, TODO se vé como mínimo de dos maneras diferentes". Pretender que la nuestra sea la verdad absoluta sólo hace que definirnos como intransigentes... y perder la razón, la posesión de la verdad.
Todo sería mucho más fácil pensando, si no siempre, al menos de vez en cuando, que a nuestro lado hay gente que puede sufrir las consecuencias de nuestros actos. Pero para ver eso hace falta mucha calma, mucha serenidad, sólo así llegaremos al sol, o a la estrella que elijamos, y quedaremos iluminados.
Para terminar, jugaré un poco a ser poeta que reflexiona sobre la felicidad, desde la calma:
(Que Quevedo, Lope y Neruda me perdonen)
Un hombre casi sabio, un hombre notable,
un hombre amable, un hombre extraño
un trabajador un tanto inconstante
un hombre huraño,
tierno y sensible,
casi humano
un buscador, desde la prisa, desde la calma
un impaciente, un ansioso
que casi gana
casi exitoso, casi feliz
Pero la felicidad no se mide
la felicidad se alcanza
o no se alcanza
JTA
PD I: Hace tiempo escribí un cuento muy
ad hoc sobre el tema de la felicidad como meta y el camino para alcanzarla:
Villaflores.
PD II: Dedicado a la estrella más brillante...